domingo, 10 de enero de 2016

EN EL DOS MIL QUINIENTOS ANIVERSARIO DE SU NACIMIENTO

Allá por el 484 a.C. nacía en Halicarnaso, hoy Turquía, un griego que rompería moldes (como muchos otros en aquel tiempo). En aquella Grecia, que no recibía este nombre de sus ciudadanos y que se extendía por dos continentes, Herodoto fue un griego súbdito del rey persa. Pero aún niño sufrió la violencia del exilio y durante toda su vida fue un viajero, por curiosidad a veces, por imposición otras. Así vivió en la isla de Samos, en Atenas o en Turios, al sur de la Magna Grecia, donde murió, pero también parece que visitó Egipto, Mesopotamia o Fenicia. Su curiosidad, su ausencia de prejuicios, su espíritu científico en definitiva, lo convierten en el primero a quien podemos dar el título de "historiador" en el sentido moderno, pero también un geógrafo, un naturalista o un etnógrafo. Y es que su obra recoge, sin decantarse en el juicio, hechos maravillosos, tradiciones y versiones contrapuestas sobre los hechos de la historia: nos los presenta, nos los sirve, y deja que sus lectores tomemos postura, como si fuera un buen reportero. Un verdadero cosmopolita moderno, pese a sus 2500 años de vida, que busca explicaciones racionales aunque no se considera el único poseedor de la verdad.
En este invierno que se resiste a llegar, leemos la explicación que los antiguos habitantes del norte del Mar Negro daban a la nieve:
XXXI. Por lo que mira a las plumas voladoras, de que dicen los escitas estar tan lleno el aire que no se puede por causa de ellas alcanzar con la vista lo que resta de continente ni se puede por allí transitar, imagino que más allá de aquellas regiones debe de nevar siempre, bien que naturalmente nevará menos en verano que en invierno. No es menester decir más para cualquiera que haya visto de cerca la nieve al tiempo de caer a copos, pues se parece mucho a unas plumas que vuelan por el aire. Esa misma intemperie tan rígida del clima es el motivo sin duda de que las partes del continente hacia el Bóreas sean inhabitables. Así que soy de opinión que los escitas y sus vecinos llaman plumas a los copos de nieve, llevados de la semejanza de los objetos. Pero bastante y harto nos hemos alargado en referir lo que se cuenta.

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